El 19 de septiembre de 1985, a las 7:19 de la mañana, Ciudad de México tembló durante casi dos minutos. Cuando el suelo dejó de moverse, decenas de edificios habían colapsado. Las cifras oficiales hablaron de casi 10,000 muertos; las estimaciones independientes duplican esa cifra. Pero el terremoto de 1985 no es solo una tragedia. Es, para muchos historiadores y para la memoria colectiva mexicana, el momento en que la sociedad civil mexicana nació como fuerza política.
Una ciudad que se organizó sola
El gobierno del presidente Miguel de la Madrid respondió con lentitud y desorganización. Las imágenes de aquellos días — rescatistas improvisados abriendo paso entre los escombros con las manos desnudas, vecinos coordinando brigadas sin que nadie los instruyera, mujeres de barrios populares organizando la distribución de alimentos — son la otra historia que los documentales sobre 1985 han capturado con particular emoción.
Los sobrevivientes que hoy aparecen ante la cámara con setenta u ochenta años recuerdan con precisión casi fotográfica los detalles: el olor a polvo y gas, el sonido de las losas al ceder, la forma en que los vecinos que nunca se habían hablado se convirtieron en equipo en cuestión de horas. “Ese día nos conocimos”, repite una mujer en casi todos los testimonios. “Antes del temblor vivíamos en el mismo edificio pero éramos extraños.”
El nacimiento de la sociedad civil
Los historiadores debaten cuándo comenzó realmente la transición democrática de México. Algunos apuntan al fraude electoral de 1988. Otros, al surgimiento del PRD. Pero hay una corriente sólida que sostiene que todo empezó en septiembre de 1985, cuando los mexicanos descubrieron que podían actuar colectivamente sin necesitar al gobierno — y que, de hecho, eran capaces de hacerlo mejor.
Las costureras del Garment District capitalino — las trabajadoras de los talleres de confección que quedaron atrapadas entre las ruinas de sus fábricas — protagonizaron uno de los episodios más emblemáticos. No solo sobrevivieron; se organizaron. Fundaron el Sindicato Nacional de Trabajadoras de la Industria del Vestido, exigieron indemnizaciones, pelearon sus derechos. Esas mujeres son, en cierto sentido, el símbolo de lo que el temblor despertó.
Cómo los documentales han contado esta historia
Las producciones documentales sobre 1985 enfrentan un problema metodológico: cuarenta años después, los testimonios directos escasean. Quienes tenían veinte años en 1985 hoy rondan los sesenta y muchos ya no están. Los documentales más recientes han resuelto este problema de maneras creativas: combinando archivo fotográfico y fílmico de la época con testimonios de segunda generación — los hijos de quienes vivieron el temblor, que crecieron con esas historias en casa.
El archivo visual es extraordinariamente rico. Los camarógrafos de televisión y los fotógrafos de prensa registraron aquellos días con una intensidad que hoy resulta sobrecogedora. Las imágenes del Hotel Regis derrumbado, del edificio Nuevo León en Tlatelolco, de los edificios del multifamiliar Juárez convertidos en polvo, son parte del ADN visual de la Ciudad de México contemporánea.
El 19 de septiembre como fecha cíclica
Lo que ningún guionista podría haber inventado es la repetición: el 19 de septiembre de 2017, exactamente treinta y dos años después, la Ciudad de México volvió a temblar. La coincidencia de la fecha generó en el imaginario colectivo una mezcla de incredulidad y de algo que rozaba lo sobrenatural. Los documentales que compararon los dos terremotos mostraron tanto las diferencias — en 2017 los sistemas de alerta temprana funcionaron mejor, la respuesta fue más organizada — como las dolorosas continuidades: la corrupción en la construcción, los edificios que colapsaron cuando no debían haberlo hecho, el dolor de las familias que perdieron a sus seres queridos.
Lo que el formato documental aporta que la historiografía no puede
El testimonio oral tiene una dimensión que el texto académico no puede reproducir: la voz que se quiebra, la pausa que vale más que cualquier adjetivo, la mirada de alguien que recuerda un nombre y todavía lo lamenta cuarenta años después. Los mejores documentales sobre 1985 entienden esto y construyen su narrativa sobre esa fragilidad emotiva, sin manipularla, dejándola ser.
México sigue siendo un país sísmico en todos los sentidos. Los terremotos físicos son parte de su geografía; los terremotos sociales, de su historia. 1985 fue ambas cosas a la vez, y los documentales que lo han explorado con seriedad son documentos irremplazables de lo que significa ser mexicano en el siglo XX.
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